Existió una aldea en lo alto de una montaña con muy pocos habitantes y con mucha niebla. Los hombres se dedicaban a escarbar en las minas de oro, pero un día alguien se rezagó y mientras el resto volvía a sus casas…
A la mañana siguiente los aldeanos regresaron a la mina, pero cuando fueron a los carros del carbón encontraron a un cadáver retorcido. Inmediatamente llamaron a la policía y cuando practicaron la autopsia encontraron azufre en el cuerpo. La policía comunicó a los aldeanos todo lo que sabía, así que por la noche hubo concilio en la plaza mayor del pueblo. Mientras los hombres discutían, oyeron gritos en la cima de la montaña.
Al alba fueron muy pocos los valientes que bajaron a trabajar. Tuvieron un día plácido y así se lo transmitieron a sus familias cuando regresaron al hogar. Aquello provocó que muchos aldeanos se unieran a los mineros y, conforme transcurrieron las semanas, más y más habitantes del pueblo bajaron a la mina.
El día del derrumbamiento nada hacía señalar la catástrofe. Todos los hombres se quedaron encerrados en la mina y las mujeres, al comprobar que no volvían, fueron a buscarlos. Las rocas que impedían el descenso a las galerías más profundas estaban cubiertas de azufre. Entonces todas las mujeres se giraron alarmadas y vieron humo saliendo de la aldea. Horrorizadas, corrieron hacia el pueblo, pero cuando llegaron ya era demasiado tarde: no había más que cañizos y cenizas. El caos era demencial.
De pronto, el suelo retumbó bajo sus pies y se desató un gran terremoto. Así desaparecieron los restos de la aldea, las mujeres y la mina con todos los aldeanos atrapados.
Pasados muchos años se volvió a construir una pequeña aldea en la ladera de la montaña, entre la niebla. Y por las noches, en la cima, se oían los lamentos de los viejos aldeanos.
¿Habrá otro temblor de tierra?
Autores: Carlos Masia y Quique Ruiz.
Colegio Público Avel.lí Corma – 6ºB